Mientras Javier Milei sigue vendiendo la imagen de un gobierno compacto, disciplinado y alineado detrás de un único liderazgo, puertas adentro La Libertad Avanza parece cada vez más una remake libertaria de las viejas peleas de palacio que tanto criticaron.
Karina Milei ya decidió que la campaña de 2027 será asunto suyo. Traducido al castellano: Santiago Caputo puede seguir redactando discursos, diseñando estrategias y explicando en Twitter por qué todo es una jugada maestra, pero la lapicera electoral la guarda “El Jefe” en el cajón y no piensa compartirla.
Lo curioso es que ambos bandos ahora defienden exactamente la misma estrategia que se peleaban hace un año. Antes discutían si había que pintar todo el país de violeta o concentrarse en los distritos clave. Hoy todos coinciden en ser quirúrgicos. La diferencia es que nadie quiere admitir que el rival tenía razón.
La reunión convocada por Karina tuvo aroma a demostración de fuerza. Setenta diputados escucharon el mensaje de manual: alineamiento, obediencia y sonrisas para la foto. Una especie de campamento de liderazgo donde la hermana presidencial incluso pidió disculpas por no contestar mensajes. Un gesto humano que demuestra que puede ignorar a decenas de dirigentes sin perder el control de la estructura.
Pero la verdadera novela transcurre detrás del escenario. Patricia Bullrich aparece cada vez más incómoda dentro del esquema libertario. La senadora parece haber entendido que en política quien no construye poder propio termina convertido en decorado. Y eso genera más nervios que cualquier proyecto opositor.
Mientras tanto, la guerra entre karinistas y caputistas ya dejó de ser una discusión estratégica para convertirse en una competencia adolescente de operaciones, reproches y pases de factura. La investigación sobre Fundación Faro, las disputas por casos mediáticos y las acusaciones cruzadas muestran que el principal adversario de algunos libertarios no está en la oposición sino sentado dos oficinas más allá.
La ironía es deliciosa. El espacio que llegó prometiendo terminar con la casta terminó descubriendo uno de los secretos más antiguos de la política argentina: no hay nada más feroz que una interna cuando el poder empieza a repartirse. Y cuanto más hablan de libertad, más evidente parece que la batalla es por algo mucho más clásico: quién manda.




