Sin ningún tipo de estudio, sin idea de presupuesto ni factibilidad, Jorge Macri tiene una propuesta. Un monorriel elevado sobre los 24 kilómetros de la General Paz, presentado a inversores en Dubái, Abu Dabi y Shanghái. Mientras las veredas se rompen, las ratas toman las escuelas y el subte tarda décadas en llegar a ningún lado, el jefe de Gobierno porteño encontró su gran obra.
La serie de los Simpsons se adelanto 30 años a la propuesta, un hombre que llegó a Springfield con una promesa brillante, irrefrenable, irresistible. “¡Monorriel!”, gritó Lyle Lanley con su sonrisa de vendedor de humo, y todo el pueblo aplaudió sin preguntar nada. El episodio, emitido en 1993, se llama “Marge vs. the Monorail” y es considerado uno de los mejores capítulos de la historia de la televisión.
No porque el monorriel funcionara. Sino exactamente porque no funcionó. Porque era una estafa de manual: una obra faraónica, contratos millonarios, inauguración con fanfarria, y al mes la cosa se caía a pedazos. Treinta y tres años después, Jorge Macri descubrió el capítulo. Y aparentemente lo tomó como inspiración.
El jefe de Gobierno porteño reveló que su administración está estudiando la construcción de un monorriel sobre la traza de la General Paz. La propuesta fue presentada por su Gabinete, incluyendo al ministro de Infraestructura Pablo Bereciartúa, a inversores privados durante una gira oficial por Dubái, Abu Dabi y Shanghái, con el objetivo de obtener financiamiento externo. Infobae Dubái. Abu Dabi. Shanghái. Tres ciudades que no tienen absolutamente nada en común con el oeste del Gran Buenos Aires, pero que suenan muy bien en un streaming de economía y mejor todavía en una foto de funcionario viajando en business.
El proyecto consiste en instalar un monorriel elevado sobre la General Paz con estacionamientos en la parte inferior, para que quienes lleguen en auto puedan dejarlo allí, tomar el monorriel y conectar con el transporte público habitual, Hermoso. Poético.
El único problema es que el transporte público habitual al que se conectaría este monorriel futurista es el mismo que lleva décadas sin inversión, con frecuencias impredecibles y vagones que parecen sobrevivientes de otra era geológica. Pero bueno, detalles.
La comparación con Menem es inevitable y es justa. En los noventa, el expresidente prometió llevar a los argentinos a la estratósfera. Literalmente. Anunció un proyecto espacial, habló de cohetes, de satélites, de un país que miraría el mundo desde arriba. El país terminó mirando desde abajo de una deuda impagable. Macri, con más modestia pero igual desmesura, no promete la estratósfera: promete el segundo piso de la General Paz. El espíritu es el mismo. La obra faraónica como sustituto de la gestión cotidiana. El anuncio grande para tapar los problemas chicos. O no tan chicos.
Porque mientras Macri soñaba con monorrieles en Shanghái, la Ciudad, abandonada, continuaba lidiando con problemas cotidianos que afectan directamente la calidad de vida de millones de vecinos: recolección de residuos con deficiencias que se repiten semana tras semana, calles con bolsas acumuladas, contenedores desbordados y el deterioro acelerado de veredas que la gestión anterior había renovado y que ya presentan baldosas flojas, roturas y desniveles.
La investigadora Inés Schmidt, del Instituto Superior de Urbanismo de la UBA, fue diplomáticamente devastadora: “No hay precisiones respecto de la factibilidad técnica y económica, y en consecuencia el proyecto pierde credibilidad. Antes deberíamos repreguntarnos si existe una propuesta integral para la movilidad: cuáles son las infraestructuras necesarias, cuáles son las necesidades, deseos y aspiraciones de las personas que diariamente se mueven en la ciudad.” Traducido al porteño de a pie: no saben si funciona, no saben cuánto cuesta, no saben quién lo paga, pero lo anunciaron igual. Porque anunciar es gratis.
Desde el ministerio confirmaron que por el momento se está realizando un estudio de factibilidad y aclararon que “el objetivo es contar con información objetiva y rigurosa antes de avanzar en cualquier definición.” O sea: no hay proyecto. Hay una idea. Una idea que se presentó a inversores en el Golfo Pérsico antes de tener un solo número concreto. Primero la gira, después la realidad. Ese es el orden de prioridades.
En el episodio de Los Simpson, Lyle Lanley se escapa con el dinero antes de que el monorriel se estrelle. En Springfield, al menos, el monorriel llegó a construirse. En Buenos Aires, ni eso: todavía estamos en la etapa del vendedor de puerta a puerta ofreciendo el sueño. La diferencia es que acá el vendedor es el jefe de Gobierno, los inversores están en otro continente, y los vecinos que pagan los impuestos siguen esperando que alguien les arregle la vereda, limpie el baldío de la esquina y saque las ratas del comedor escolar.
Pero claro. Eso no se puede fotografiar en Dubái.



