El viernes 29 de mayo, el jefe de Gobierno porteño Jorge Macri se paró sobre el nuevo Puente Labruna en Núñez, miró hacia el río y declaró que estaban haciendo “una obra estratégica que transforma una zona clave de la Ciudad”. Lo acompañaban el ministro de Infraestructura, Pablo Bereciartua, y el titular de AUSA, Juan Pablo Fasanella. El paisaje era impecable para la foto. La pregunta incómoda es otra: ¿cuánto tardó la infraestructura oficial en ponerse a la altura de una zona que explota de actividad desde hace años?
El barrio de Núñez concentra en un radio acotado el estadio de River, Ciudad Universitaria, el CeNARD, el Parque de la Memoria y el Parque de la Innovación. Sin embargo, el Puente Labruna —su principal conexión con Lugones y Cantilo— operaba con un solo carril en cada sentido, un esquema que se volvió insuficiente ante el flujo diario de vehículos, peatones y ciclistas.  Dicho de otro modo: la Ciudad dejó crecer el polo y se olvidó de ampliar la salida.
Lo que se habilitó ahora es la primera etapa de la obra: un puente paralelo al existente con doble carril por sentido , que en términos prácticos duplica la capacidad del cruce. Según la información oficial, la intervención impacta de forma directa en más de 350 mil personas por día.  El número suena grande. El mérito de enunciarlo también.
Con el nuevo esquema, Udaondo pasa a funcionar como mano única hacia Libertador desde la autopista Lugones, mientras que Campos Salles se convierte en la nueva salida hacia Lugones desde Libertador.  También se reubicaron paradas de las líneas 28 y 42, porque mover un puente sin mover los colectivos sería demasiado prolijo.
La segunda etapa —esa que siempre aparece en los anuncios y no siempre en la realidad— prevé dos nuevas conexiones vehiculares para bajar a Lugones desde arriba del puente, una nueva subida desde Cantilo, una pasarela peatonal de 4 metros de ancho, una bicisenda de 2,40 metros, explanadas con espacios recreativos y gastronómicos, y parquización integral.  Todo muy bonito. El cronograma de ejecución, por ahora, brilla por su ausencia en los comunicados oficiales.
Lo que es verificable: la obra existe, está abierta y resuelve un problema real. Lo que es opinable: llamarle “transformación urbana” a lo que en rigor es ponerse al día con una deuda de infraestructura acumulada durante años de gestión PRO en esa misma ciudad.




